Durante décadas, Orihuela ha permanecido atrapada en una letanía cómoda y destructiva: repetir que esta ciudad no tiene remedio. Hemos asumido con resignación que la desidia institucional, los bordillos insalvables, los equipamientos prometidos que nunca llegan y el aislamiento de las personas vulnerables son el peaje inevitable de nuestra realidad.
No es verdad. No lo aceptamos.
Orihuela sí tiene remedio. Pero su transformación no nacerá de promesas burocráticas en despachos cerrados, sino del despertar ético de su propia gente. Cuando una sociedad comprende que el cuidado y la accesibilidad universal son la medida exacta de su altura civil, la indiferencia deja de ser una opción.
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